En esta oportunidad quisiera compartir con ustedes un pequeño cuento, que pone de manifiesto una situación de coqueteo, tanto de parte de un chico (de forma torpe y premeditada) y de parte de una chica (de forma sutil y espontánea). ¿El resultado? … veamos que sucede:
”Una noche de discoteca, con un sueño en el bolsillo, va caminando desde el estrecho y hediondo baño hacia la larga y concurrida barra, con confianza en que el encuentro se dará en cualquier momento, con paciencia suficiente como para esperar a que ella aparezca. Rones vienen, rones van, la espera se entretiene; un par de canciones bailadas con una morena desconocida relajan el espíritu y le sirven de periscopio. Sabe que el sueño es realizable, entiende que está más cerca que nunca y vuelve a la barra para estar a la expectativa.
Ella pasa por la barra antes de que cante el gallo, se dirige probablemente hacia la puerta de la discoteca, en medio de una congestión de almas que olvidaron sus nombres; las miradas se cruzan, el reconocimiento es inmediato y el saludo encandilado es totalmente inesperado. Él no se atreve a dar el primer paso, ella regresa a la pista de baile; se prolonga la espera, aunque cree que ella se ha sorprendido y que hay más de una chispa en el camino.
Más rones van, más rones vienen y ella está en medio de la hoguera; parece no esperar nada y, al bailar, se deja ver copiosamente bella. Mientras tanto, en la barra, los nervios traicionan, las dudas emergen… piensa en tirar la toalla; pero en un momento de inusitada valentía, termina el último vaso y avanza hacia la pista de baile con la confianza de un necio y la sonrisa de un mimo. Sacarla a bailar es un alivio, la receptividad que ella muestra supera cualquier expectativa; un cálido abrazo confirma que las chispas no estaban sólo en el manipulado sueño.
En el lado central izquierdo de la pista de baile, sin palabras aún, pero con miradas que dicen mucho están ellos dos. Él duda profundamente respecto a qué decir… ¿Debería piropear? ¿Las indirectas serían bien recibidas? ¿Hablar del clima rompería el hielo?… Mientras mil y un preguntas taladran el cerebro del joven cargado de sueños, ella toma la iniciativa y, con preguntas de corte general, da pie a sonrisas y a un diálogo fluido en medio de la música y de los cómicos pasos de baile que ejecutaban.
La mira con admiración, mientras la deja desplegabar su guapa presencia, con su metro setenta, ojos verdes, cabello castaño ondulado, nariz delgada y perfilada, labios gruesos y amigables; dueña de una tez andaluza que hace juego de luces con un vestido negro que deja relucir sus piernas largas, sus caderas contorneadas, su cintura sin pliegues y sus senos que parecen recién sacados de un delicado molde.
El baile y la conversación acompañan a la pareja durante el tiempo extra de la noche; aunque sin piropeos ni movidas inesperadas. Más rones refrescan las gargantas, más risas refrescan los corazones y más ilusiones encandilan el sueño inicial del envalentonado muchacho.
Llega la hora de partir; el sol ilumina las calles, la música se pone intragable y sólo cuatro gatos más quedan en el local. Él ofrece llevarla a casa, con las ideas poco claras: había llegado con un sueño de romance de película, de esos que están llenos de magia, besos y camas tibias, y que terminan con un abrazo frente a la cámara y un implícito “felices por siempre”, sin que nada más tenga que ocurrir. Ese sueño, se dio cuenta, era una utopía, una visión escapista del mundo, sin sentido frente a lo que realmente quería… lo último que deseaba era un colorín colorado.
Descartada la idea de la “foto de postal” y, por el momento, de las sábanas ariel, queda la duda respecto a la idea del beso: ¿Darle o no darle un beso?… ganas no le faltan, pero ¿Y ella? ¿Lo tendría en mente? ¿Cómo recibiría un intento de beso, si es que su deseo no lo tuviera presente?
Desde que deciden salir de la discoteca hasta que suben a un taxi tico de asientos gastados, pasan eternos segundos en los cuales se mezclan deseos, intenciones y expectativas, con todo el alcohol que llevaba en el cuerpo, dando como resultado un coctel de ilusión con sabor a verla día tras día. No intentaría siquiera robarle un beso esa noche, porque se había decidido a robarle el corazón para toda la vida.”
¿Cómo creen ustedes que debería terminar esta historia?… ¿Juntos y revueltos? ¿Separados e ilusionados? ¿Cómo un bonito recuerdo? ¿Con reencuentro y despedida?… lo dejo abierto a vuestra gran imaginación.
Los dejo con el video de una canción de Joaquín Sabina, “Y si amanece por fin”, la cual resume de alguna manera el sueño que tenía el muchacho del cuento al iniciar el coqueteo; antes de caer presa de una ilusión (tema que será motivo, con seguridad, de próximos artículos).
