
Entre los temas que nos ocupan en el cafetín, uno que siempre ha llamado nuestra atención es el final de una relación. Muchas veces, luego de años de cariño, pasión, deso y armonía, la situación se termina desplomando, y el final lo marca la gota que derrama el vaso.
A continuación va un breve cuento que muestra como una relación llega a su fin, gracias a una casualidad, la cual logra lo que ninguno de los miembros de la pareja se animaban a hacer, a pesar de que el desgaste era claro y el final previsible. Se titula “Rezando al olvido”:
“Ya me canse de una novicia que se levanta los hábitos… quiero una monja fugada que me quite a mordiscos el pantalón”, piensa Gonzalo, mientras baila con Jimena entre una multitud de almas y recuerda que lo que ahora es una cruz para él, era una bendición hace unos años, cuando cada beso lo daba sin piedad y cuando en la cuaresma sólo se dejaba de comer.
La capilla de turno es una hoguera de luces relampagueantes, una posada para peregrinos que buscan una copa para beber y un cuerpo hereje para saborear.
“¿Qué hago con Jimena aquí?”, piensa Gonzalo, al observar el rostro desconcertado con que su enamorada mapea el monasterio del pecado en que se hallan enclaustrados. “No la debí traer aquí, hasta en la tumba se va a acordar de esta infernal noche”, murmura para sí mismo, mientras nota que una dama sin honor le lanza confeti con una mirada que lo invita a rasgarle las vestiduras y llevarla al santo sepulcro por tres días.
El reloj marca las 3 y todavía sigue llegando la gente que carga a cuestas aroma a incienso, aureolas empapadas en pisco y copos de navidad en la nariz.
-Me siento mal Gonza; ya no soporto el olor de este lugar –le dice Jimena, mientras abandona a prisa la nave central de la discoteca. Va hacia la barra en busca de un sorbo de agua, que bendiga su garganta. Gonzalo la acompaña y pide una pagana cerveza.
-¿Te sientes mejor corazón?
-No me imaginaba que este antro pareciera una procesión fúnebre… todos están vestidos de negro, todos tienen tatuajes, todos parecen fieles vampiros nacidos con piercing en la lengua.
-Cálmate reina, no es tan malo como lo pintas. La música es buena, el local cómodo y los tragos baratos.
-Si quieres quédate; por mi parte, termino mi agua y me quito –da la vuelta y deja su lapidaria mirada clavada en el cielo raso que cubría la barra, decorado de cruces, barriles y figuras femeninas en sotanas.
La puerta de salida está a tres pasos del baño; dentro de este se encuentra Jimena, quien, vaso de agua en la mano, escucha una confesión que le cercena el corazón: -Gonzalo viene todos los jueves, qué raro que haya venido hoy, y encima con su huachafosa –le dice una tal María a una desorbitada Rosario.
Ya fuera del baño, y con los ánimos sufriendo de incineración, Jimena se apoya en la pared, respira hondo con los ojos cerrados, pasa junto a Gonzalo y, con una mirada inquisidora, se despide sin decir adiós.
-¿Qué pasa Jime?… no te vayas sin mi –la sigue hasta traspasar el umbral de la puerta, y le coloca una mano temblorosa sobre el pálido hombro.
-¡Suéltame desgraciado!… jueves de meditación –acelera el paso, sube a un taxi y el auto la aleja.
-¡Vete el diablo!… ni por caridad te voy a llamar –Gonzalo vuelve a la discoteca, para buscar enterrar en las catacumbas del recuerdo, lo que Jimena algún día significó.
¿Alguna vez tuvieron que romper con una relación? o, ¿alguna vez rompieron con ustedes?… ¿cómo se sintieron en esas ocasiones? ¿cómo lo sobrellevaron?. Para terminar, los dejamos con una canción de Andrés Calamaro, que se titula “Ok, perdón” y que cuenta el final de una historia desde la perspectiva masculina de un tipo que dice ya no, gracias y punto final… ¡hasta la próxima!
El blog debería llamarse Diálogos de un cafetín ilusionado porque nadie más postea…eres un crack “ilusionado”, dedícate a esto nomás.
Un abrazo